Monroe
En 1823, James Monroe, presidente de los Estados Unidos, subió a la tribuna del Congreso para declarar lo siguiente:
- No intervención europea: las potencias europeas no debían colonizar ni intervenir en los asuntos del continente americano.
- No intervención estadounidense en Europa: Estados Unidos no se involucraría en los conflictos internos europeos.
- Protección de las nuevas repúblicas americanas.
Han pasado más de dos siglos desde aquel discurso, pero el documento no ha perdido actualidad (queda por discutir si para bien o para mal).
Cuando Monroe pronunció su mensaje, la situación mundial era la siguiente: Europa se recuperaba de las guerras napoleónicas, y las principales potencias europeas seguían siendo imperios coloniales. España, en concreto, conservaba bajo su dominio Cuba y Puerto Rico; en Asia y Oceanía, Filipinas, Marianas, Carolinas y Palaos; y varios territorios en África.
Los propios Estados Unidos habían sido recientemente una colonia británica. Monroe tenía 18 años cuando se declaró la independencia. Cabe suponer que era plenamente consciente de estar encabezando un gigante en crecimiento, con intereses propios, también de carácter expansivo. Aun así, como hombre coherente, necesitaba enviar un mensaje al exterior: nuestros intereses están en nuestro continente; en vuestros asuntos no nos vamos a entrometer. Esto quedó especialmente subrayado en el tercer punto: las nuevas repúblicas americanas eran consideradas de interés directo para Estados Unidos. Y esos intereses se defendieron cuando fue posible (Cuba).
Mientras tanto, Estados Unidos seguía recibiendo población. La sociedad estaba en plena fase de formación; la élite también. El explosivo desarrollo industrial exigía nuevos mercados, y la política exterior estadounidense comenzó a adaptarse a esa necesidad. De ahí, en buena medida, la Doctrina Monroe.
Desde entonces, Europa enfermó dos veces con guerras mundiales y dos veces recurrió a la ayuda de Estados Unidos. Hoy existen bases militares estadounidenses en suelo europeo, que funcionan como un mecanismo de influencia: si no colaboráis, se retira el apoyo militar. Esto deja claro que ya no somos dos bloques enfrentados, sino aliados. La no intervención en los asuntos europeos ha perdido, por tanto, su vigencia práctica.
Estados Unidos también ha entrado en otra fase histórica. Si antes las puertas del país, construido sobre la emigración, estaban abiertas de par en par, hoy el cruce de fronteras implica detenciones y procesos selectivos, con frecuentes devoluciones. Paradójicamente, los hijos de inmigrantes protestan contra los recién llegados. Además, la potencia exportadora estadounidense ya no se basa en la industria clásica, sino en productos intelectuales y digitales, donde la mano de obra masiva es menos necesaria.
La élite estadounidense se ha consolidado, se ha estructurado y dispone de recursos suficientes para defender sus intereses.
Cabe preguntarse entonces: ¿podría Estados Unidos beneficiarse de un Proyecto España y establecer un pacto con su élite? Llegado el momento, decir: sois aliados, no os dejaremos atrás. Conviene tener amigos fuertes.
¿Por qué hablar hoy de un discurso pronunciado hace más de 200 años? Porque una de sus ideas centrales sigue operando como un mantra: la protección de nuevas repúblicas americanas. El problema es que en América Latina ya no existen repúblicas nacientes que necesiten tutela. Países como Bolivia, Perú, Ecuador o México poseen profundas raíces históricas y, en muchos casos, una base étnica definida. Otros Estados latinoamericanos no son tan homogéneos, debido a fronteras trazadas por la conquista y a procesos migratorios posteriores, pero también cuentan con sociedades históricamente constituidas.
Sin embargo, este proceso no ha podido desarrollarse en armonía con la naturaleza humana, porque la condena implícita de la Doctrina Monroe lo impide: cada vez que asoma una élite nacional, se la neutraliza mediante golpes de Estado, intervenciones, sanciones o financiación externa de alternativas políticas …la lista es larga.
Monroe actuaba desde la lógica de una cultura en gestación. Estableció un perímetro de seguridad necesario para su tiempo, sin contar con los datos de los que hoy disponemos sobre cómo se forman y se estabilizan las sociedades humanas. Dos siglos después, Estados Unidos comienza a experimentar en su propia carne realidades que entonces no podían conocerse.
¿Qué hace hoy la Doctrina Monroe en América Latina? Funciona como vieja guillotina con unto republicano: cuando la élite nacional empieza a consolidarse, se le corta la cabeza. Y la élite no es solo un mal inevitable; cumple una función evolutiva esencial: actúa como sostén de los valores tradicionales y del tejido social.
Cuando una nación carece de élite propia y se ve obligada a apoyarse constantemente en un sostén externo —algunos países ni siquiera controlan su divisa— debe asumir que ese sostén ajeno siempre responde a intereses propios.
…Y el ceviche latino
El ceviche es un plato típico de muchos países de América Latina. Es comida de los resilientes: se prepara en movimiento, sin fuego, bajo cielos cambiantes y con escasez de recursos. Uno aporta pescado, otro ajo y cebolla, otro unos limones encontrados en la bolsa. Grupos humanos avanzan con sus familias, niños y mayores, atravesando el continente. La vida y el clima no dan tregua, pero no hay rendición.
Cuando se prueba el ceviche por primera vez, impacta la combinación vibrante y contrastada de sabores. Es armonía nacida de la tensión. Representa una forma de vida dinámica, intuitiva, capaz de absorber y adaptar cualquier elemento sin perder identidad.
Monroe nunca probó ceviche. De haberlo hecho, quizá habría entendido que estaba ante otro código cultural, y que imponer reglas propias en un monasterio ajeno rara vez es una buena idea.
¿Qué dice la ciencia?
Nuestra mente está gobernada por instintos: patrones de comportamiento repetitivos, automatizados hasta quedar reflejados en ADN. Y para gestionar sus demandas se desarrolló el córtex cerebral.
Los principales directores de esta orquesta son pocos:
— el instinto de conservación individual: supervivencia, seguridad, bienestar básico;
— el instinto reproductivo, subordinado al anterior;
— el instinto paternal;
— el juego;
— y, de forma especialmente poderosa, el instinto social.
En su forma más primitiva, el instinto social es instinto de manada. Los animales sociales aislados son indefensos: solos son presa, en grupo dominan el entorno. El ser humano no es una excepción. Además, ha desarrollado un mecanismo social complejo que incluye conductas dentro y fuera del grupo, así como el posicionamiento jerárquico.
Sí: el posicionamiento jerárquico también es una conducta instintiva.
La jerarquía puede representarse como una pirámide: cada nivel superior es más reducido, y en la cúspide siempre se encuentra la élite. Por eso a lo largo de la historia, los discursos que llaman a “derrotar a la élite” suelen limitarse a sustituir unas caras por otras.
La élite es inevitable. Luchar contra ella es luchar contra la propia naturaleza humana. La alternativa racional es reconocer su existencia, asignarle un lugar y pactar reglas claras.
Cuando una élite tiene garantizada su estabilidad económica, su principal aspiración es la seguridad. De ahí surge el pacto, el intercambio, la prosperidad. Esto no es una teoría: es un experimento histórico realizado en España en 1978 durante la Transición. Puede ser no fue perfecto, pero funcionó.
España sabe cómo hacer esto y comparte lazos profundos con América Latina: lengua, historia, religión es un eje cultural común. No son vínculos artificiales; son la base natural de una alianza.
El futuro nos espera a la vuelta de la esquina. Puede ser un futuro de equilibrio y prosperidad si se construye en armonía con la naturaleza humana y con el apoyo de quienes ya han recorrido ese camino. No se ofrece una promesa personal, sino algo más sólido: un concepto. Y cuando un concepto es correcto, sobrevive a quienes lo formulan.